¿Habéis sentido alguna vez como si fuerais los únicos que disfrutáis de esa cosa pequeña y tonta que nadie más aprecia? Como si fuerais el compositor de esa canción que nadie conoce y que os encanta. Como si nadie más en la Tierra conociera esa película que adoráis. Como si fuerais los únicos capaces de reconocer la belleza de la vida en toda su magnitud.
Cada día os enseñaré como la felicidad viene también en paquetes pequeños.
Hoy me iré a comprar unas nuevas
deportivas. Me suelen durar poco los zapatos, de niño lo entendía porque jugaba
al fútbol en el patio con ellos, fueran nuevos o viejos, me daba lo mismo, ya
podías estar nuevos e inmaculados que era ver una pelota botando y mi cerebro
iba antes que pensar en la bronca de mi querida mamá. Pero ahora, no sé qué
pasa, no me duran ni medio año, debe ser la edad.
Pero hoy quiero escribir sobre esa
sensación que sólo dura un par de días, ese confort que sienten los pies al
andar con deportivas nuevas, que parece que estés andando sobre un millón de
cojines estratégicamente preparados para ti. Una pasada, sientes que podrías
correr mil kilómetros sin problemas y que podrías saltar de un segundo piso y
salir indemne de ello.
Después pasa lo que pasa, que todo
lo que no es para siempre se desgasta.
"La verdad, aunque yo siempre iba corriendo,
nunca
pensé que eso me llevara a ningún lado" -.Forrest Gump
Cuando dos hermanos trabajan juntos, las montañas se convierten en oro.
Me refiero a cuando dices adiós con el corazón, cuando empiezas a echar
de menos a alguien incluso antes de que se marche.
Hoy mi hermano se va un mes y medio a trabajar fuera. Recuerdo con
mucha añoranza cuando vivía con mis padres y mi hermano me perseguía a todas
horas, a veces, simplemente se sentaba a mi lado y observaba cómo jugaba a los
videojuegos, yo le ofrecía el mando, pero él se limitaba a decir “a mi me gusta
verte jugar”.
Sé que antes de que me dé cuenta habrá vuelto, pero al despedirme de él
hoy en casa, me ha entrado un sentimiento áspero. He querido que volviera a
tener 10 años y que mi obligación fuera de nuevo estar siempre a su lado.
Maldito tiempo y su jodida obcecación en ir deprisa. Te maldigo.
En primer lugar tengo que decir que aprovecho este blog de forma
oportunista y manipuladora para que mañana por la noche, no hagáis planes ni
busquéis otro canal entre los aborrecedores
diales de la TDT que no sea Cuatro ya que a la hora de la cena podréis
ver una de mis películas favoritas, El Rey León.
Algo tienen las películas de Disney, o tenían mejor dicho. Huelen a
galletitas dulces y a chimenea de leña. Ver una película “antigua” de Disney es
como que te arropen con una buena manta en invierno. Es algo suave, pacificador,
cálido, bonito y entrañable. Sus colores, personajes, melodías e historias son
preciosas y preciosistas.
La película que nos atañe, El Rey León, me sobrecogió al verla, nunca
había visto tal carrusel de personajes dotados de una personalidad especial
cada uno de ellos. La primera vez que la vi, reí, me sorprendí, me enfadé y
lloré. Que una película colme tantos espectros emocionales tiene que tener
algo.
No hace mucho volvieron a reestrenarla en los cines conmemorando algún
aniversario o operación mercantil. Por supuesto que fui a verla, de niño no
pude verla en el cine (ir al cine era un artículo de lujo en aquellos días para
mi familia), así que quise satisfacer, una vez más, al pequeño Juanito.
Disfruté como la primera vez, canté las canciones como si fuera Simba y
salí de la sala para no ver la muerte de Mufasa, como siempre.
Espero que los que no la habéis visto arregléis el orden natural de la
vida y LA VEÍAS.
Quien no ha visto El Rey Léon no puede decir que ha tenido infancia. Ya lo he dicho.
A mis pocos 16 años, empecé a trabajar con un irlandés de diccionario.
Adoraba el fútbol, a su familia y por encima del fútbol y por debajo de su
familia, le volvían loco las barbacoas.
La primera vez que lo vi preparándose para ello fue en un súper-mercado
cercano a una playa mallorquina, llevaba un gorro de pescador, unas gafas de
sol, crema solar por la frente y nariz y en una mano dos bandejas de
hamburguesas y en la otra una paquete de 6 cervezas Guiness y colgando del
meñique, una bolsa de panecillos.
Me dijo que iba a empezar una barbacoa, lo vi tan feliz que le
pregunté: “¿te gustan o qué?”. Me sonrió antes de decirme que la comida siempre
sabe mejor a la barbacoa, que en una sartén no hay emoción.
No hice una barbacoa hasta hace poco más de un año, lo entendí al
momento, no se trataba del sabor de la carne, no, todo iba sobre el rato
anterior. Poner la leña, prenderle fuego un buen par de medias horas antes, la
gente rodeando la brasa y la sensación de volver muchos siglos atrás cuando
sólo ésta era la forma de cocinar la comida.
Barbacoa, posiblemente, de los inventos más antiguos de la humanidad.
¿Cuántas veces se puede escuchar una
misma canción sin cansarse de escucharla? Infinito puede ser una buena
respuesta en mi caso.
Si estoy contento con una parte en
particular de mi personalidad, esta sería que jamás me canso de las cosas que
realmente me gustan. No me canso de los Simpsons, no me canso del Alioli, no me canso del Sol, no me canso del calor, no
me canso de escuchar música, no me canso de CSI, no me canso de Interpol y no
me canso de escuchar a Pearl Jam.
Esta canción en particular, cuando
era más niño no me llamaba especialmente la atención, quizás porque mi acné
juvenil quería batalla y no canciones con un punto meloso, pero cuando la volví
a redescubrir con unos 20 años, me sobrecogió, sin duda, porque entendía lo que
decía la letra. Tengo la enorme suerte de hablar inglés y este tema es un
condenado poema, pero sin nubes rosas y olor a fresas dulzonas.
Normalmente nunca corro con el
coche, bueno, mejor dicho, no corro jamás con el coche. Pero aún así, me
molesta solemnemente cuando me encuentro con un conductor especialmente lento,
de esos que tienen la extraña virtud de toquetear el freno cada dos por tres,
haya intersecciones de por medio o no las haya.
Pero lo curioso es que, las pocas
veces que me he encontrado con un anciano montando en carro, por muy lento que
fuera, no puedo enfadarme, ya puede ir a velocidad de continente, me da igual,
disfruto viendo ese montón de madera y hierro oxidado tirado por un burro o un
caballo, de esos sin melena Pantene ni bolitas de adorno. Los caballos vetustos
tiran de carros, los presuntuosos tiran personas. No sé que prefiero.
A los rockeros de mi edad nos chocó ver cómo grupos que adorábamos de
chiquillos se separaban. Soundgarden, Guns’n’Roses, Suede, Pixies, Héroes del
Silencio, Garbage, Kyuss, Pulp, John Frusciante abandonó los Red Hot Chili
Peppers y así un largo etcétera.
Te quedabas con complejo de abandonado, y si tu sueño era verlos en
directo, la desolación era aún mayor. Yo no lograba entender cómo un grupo de
amigos que se dedican a amasar millones y a tocar música podían cansarse de
hacerlo.
Pero el caso es que sucedía, y con bastante frecuencia.
Los años caían y otros grupos ocupaban mis estanterías, incluso muy de
vez en cuando, recurría a los antiguos cd’s y soñaba con la vuelta de esos
grupos que me hacían soñar de niño con llegar a ser una estrella del rock.
Un buen día, a mis 20 añitos, leí con los ojos como discos de vinilo,
como los Pixies volvían a raunirse para tocar de nuevo, llegaron a publicar un
par de singles incluso, no me preguntéis por qué, pero fue cómo el día que el
pequeño Marco se reunió con su madre. Muy bonito, es lo que tienen los
reencuentros, a veces hace falta echar de menos.
Todos nos hemos cruzado durante nuestras vidas con alguien con una risa
verdaderamente contagiosa. De esas personas que te cuentan un chiste malo pero
acabas riéndote casi por obligación. Yo puedo recordar un buen número de ellas.
En mi clase de primero de instituto teníamos un chico de pueblo, que solía
reírse unos 10 segundos más tarde que el resto de las cosas, era entonces
cuando todos nos volvíamos a reír, hasta el profesor de turno rompía a reír.
Es inevitable sonreír pensando en esta clase de personas, y lo curioso,
es que es más sencillo recordar sus carcajadas que sus nombres, soy incapaz de acordarme
de cómo se llamaba este chico. Y no pasa nada, desde luego, si tuviera que
morir mañana, me gustaría ser recordado por mi risa en lugar de por mi nombre.
Si me paro a pensar un momento en mis comidas favoritas, la enorme
mayoría de ellas se comen con las manos. De niños nos enseñan a comer casi todo
con cubiertos, no fuera a ser que alguien nos viera comer con las manos en
algún evento social. Recuerdo que de niño, en lo que debía ser uno de mis
primeros cumpleaños como invitado, vi la mesa con los sándwiches cortados en
triángulo y al lado, toda una retahíla de tenedores de plástico. Recordando las
palabras de mi madre, me dispuse a coger un tenedor, pinché uno de esos
triángulos y lo paseé orgulloso de mis conocimientos de protocolo.
Hamburguesas, patatas fritas, helados, pizzas, tacos, fajitas, burritos, bocatas… He visto a
algunas personas comer hamburguesas con cuchillo y tenedor, deberían pasarse
por este blog y comprender que no se puede ir con zapatos de charol a la playa,
que no se puede llevar gafas de sol al cine y que comer con las manos, es un
placer infantil en plena adultez.
No me gusta que me guste, pero me gusta. El fútbol son las malas
hamburguesas del ocio social, no son muy buenas pero los hay que las prefieren
al solomillo de ternera.
Reconozco que me entretiene enormemente, pueden observarse muchísimos
matices en cada partido tales como el compromiso de los jugadores, o su
temperamento, carácter, fuerza, espíritu o amor propio. Mi padre siempre dice
que no tiene nada que ver con el fútbol de hace 30 años, me hace gracias cómo
dice eso de “antes ni se peinaban, ahora ya no quedan futbolistas con bigote”,
y caray, tiene razón.
Centrémonos en algo tan trivial como el fútbol para olvidar crisis, paro y demás cosas inevitables.
Hoy se juega el “clásico”, Barça contra Real Madrid, como merengue, hoy
me temo lo peor, pero llevo toda la semana comentándolo y disfrutando, creo que
me gusta más toda la parafernalia previa que el partido en si, en los días que
corren, cualquier tema que haga hablar con pasión a la gente ya me parece bien.
En la antigua Roma, era gladiadores, esclavos y tigres. Ahora, son
jugadores, árbitros y un balón. Algo de civismo nos queda.
De niño me obsesionaban los olores, podía decir quién había estado en
casa sólo con reconocer su aroma. Con el tiempo entendí que ese perfume era el
olor del suavizante para la ropa, desde ese momento, siempre que iba al súper a
comprar con mi madre abría todos los suavizantes e intentaba adivinar qué marca
compraban mis conocidos.
De mayor conservé algo de esa habilidad, ya que, por ejemplo, era capaz
de saber si mi actual pareja andaba cerca sólo abriendo un poco la nariz.
Siempre me ha encantado el olor a ropa limpia, disfruto cuando estreno
ropa nueva y me encanta cómo huelen las tiendas de moda.
Aún recuerdo cómo olía la ropa de mis abuelos, una mezcla de detergente
de lavar a mano y un poco de suavizante. Mi abuelo lo mezclaba con Ducados,
pero aún así, eso lo hacía más personal.
Gustazo como pocos. Es el cumpleaños
de tu pareja, hay quién se estresa y los hay, como yo, que disfrutamos. Soy de
los que es más feliz regalando que recibiendo algún presente. La cara de
sorpresa y entusiasmo de alguien al abrir un regalo sólo mejora cuando éste es
realmente algo especial, algo que pueda llenar el hueco de algún sueño infantil
o adulto, tanto vale el juego que nunca te regalaron de niño o una cadena de
oro, de esas que con 18 años, nunca te pondrías.
Nunca más.
Regalar algo es una oportunidad
perfecta para demostrar lo que se conoce a la otra persona. Una ocasión
preciosa para decir sin hablar “te conozco y sé lo feliz que te hará esto”.
Atrás deben quedar regalos como un
mando de playstation para jugar con el hermano de tu novia, el GolTv para poder
ver los partidos de la liga peruana y un juego de sábanas del Real Madrid.
Acertar con un regalo consigue abrir más ilusiones que desvanes polvorientos.
En nuestro ser está instaurado el
gen del deporte, aunque sea desde un enfoque casi involuntario.
Si vemos una lata vacía por la
calle, nos tienta darle una buena patada, y si podemos introducirla entre dos
árboles como portería improvisada, mejor.
Si vemos que el semáforo para
peatones está empezando a parpadear avisando de que pasará a rojo, aceleramos
para cruzar la calle a tiempo, foto finish incluida.
Si nos toca mudanza, observamos esos
muebles y electrodomésticos pesado, entonces decidimos si intentamos
levantarlos solos o no, pero a poco que veamos un reto, lo probamos.
Fútbol, atletismo y halterofilia en
tres ejemplos cotidianos.
Hay uno más que me encanta, el
lanzamiento de bola de papel a papelera. Ya puede estar la papelera a un metro
que no dudaremos en hacer una bolita con ese folio desaprovechado y prepararnos
para encestar. Nos lo tomamos como el tiro que puede decidir un partido,
apuntamos, preparamos la muñeca y lanzamos con un suspense digno de Hitchcock. Y
bueno como no entre, ya nos ha fastidiado las siguientes dos horas. No dan
ganas ni de levantarse a por el rebote.
Pero cuando entra… ¡ay cuando entra!
Subidón eNeBeAdístico, miramos cerca por si alguien lo ha visto y comentar la
jugada. “¿Lo has visto? ¡La he metido desde aquí!”
Cuando vivía con mis padres, justo
en la esquina, vivía una pareja de ancianos, no recuerdo sus nombres, pero sí
recuerdo verlos siempre juntos. A veces, en pleno verano, y cuando el mundo era
un poco más tranquilo, sacaban dos sillas a la cera de la calle, y pasaban
horas y horas sentados, a veces hablaban y reían, otras simplemente permanecían
el uno al lado del otro sin mediar palabra durante horas, como si no lo
necesitaran.
Recuerdo que no podía dejar de
mirarlos desde mi balcón, me reconfortaba ver que el romanticismo, quizás no
estaba del todo enterrado.
"Cuando mi voz calle con la muerte, mi corazón te seguirá hablando." Rabindranath Tagore-1861-1941
Un día salí a comprar el pan y no vi
sus sillas, me extraño pero no le di mayor importancia, una semana después
seguían sin aparecer, mi madre me dijo que la anciana había enfermado y que no
estaba bien. A los pocos días falleció, aunque vi alguna que otra vez al
anciano pasear, jamás volví a verlo sentado en esa cera. No mucho tiempo más
tarde, también falleció él, sin más. No estaba enfermo, simplemente murió. Para
que digan que no se puede morir de pena.
Aún hoy, cada vez que voy a ver a
mis padres, no puedo evitar mirar a esa esquina, hay mucho más de lo que
podemos ver, y hay mucho más por sentir de lo que creemos poder hacer.
Recuerdo cuando mi padre me dijo que debía tener una firma. Yo no
entendía muy bien su importancia, y creo que a día de hoy, sigo sin entenderlo,
salvo que seas famoso. Mi primera firma era un poco rudimentaria, se leía perfectamente
mi apellido subrayado con una gran y estirada jota.
Después la fui cambiando, cada dos por tres la miraba y pensaba “esta
no me pega”, de este modo creo que tengo varios documentos oficiales con
diferentes firmas, bueno, no creo que acabe entre rejas por ello, sabré
explicarlo llegado el momento.
Llegué a pensar en utilizar una firma “rápida”, por si un día un grupo
de fans me pedían firmas a las puertas de un estadio o un concierto, todos tenemos
derecho a soñar.
Hoy en día, mi firma es muy sencilla, pero aún así, pocas veces me sale
perfecta. Pero cuando es así, puedo escuchar los fuegos artificiales en mi
cerebro, es como meter una canasta desde la mitad de la cancha, perfecto.
Ayer bautizamos a mi amado hijo Christian, mi mujer y yo llevábamos
muchas semanas preparándolo todo hasta el más mínimo detalle, queríamos que
todo fuera perfecto, que no faltara comida, que todo el mundo estuviera cómodo
y que se acordaran para siempre de ese día en el que formaron parte de nuestra
alegría.
Pero si de algo sirvió la fiesta de ayer fue para reunir a toda mi
familia, hermanos, padres, primos, tíos y amigos. Sí, digo amigos, porque los
amigos de verdad son familia. Me costaba mucho contener la emoción al ver a
tanta gente querida en el mismo lugar, todos tan a gusto, todos tan alegres y
todos tan orgullosos.
Había muchos que hacía tiempo que no veía, pero no importaba, parecía
que el tiempo no podía calentar la culpa de la dejadez, a veces abandonamos el
contacto con gente que queremos, pero que sólo el amor hace que el lazo jamás
se rompa, hilo de oro.
Hasta me mandó un sms un gran y viejo amigo desde algún punto de Europa
que algún día me contará tranquilamente bajo el vaho de varios cafés.
Ayer fue uno de los mejores días de mi vida. Gracias a todos los que lo
compartisteis ayer conmigo y a los que hoy os hago partícipes de ello.
¿Recordáis al Señor Conejo de Alicia en el País de las Maravillas? Su
cara de valium no auguraba buenas perspectivas, seguramente llegaba tarde
porque se pasó con los somníferos la noche anterior, pero quiero creer, que al
final, llegó a tiempo, fuera donde fuere que iba.
Soy muy puntual, y que conste que me encanta que la gente lo sea, pero
por supuesto que muchas veces el reloj me ha pillado mirando hacia otro lado.
Miras la hora y piensas “no llego, imposible”, pero aún así te pones a cámara
rápida, empiezas a hacer lo que los hombres no hacemos muy bien, abarcar dos o
más cosas a la vez.
Sin embargo, y con que el tiempo es relativo, dijo Albertito, de vez en
cuando funcionamos a más de 60 minutos por hora. Llegas como un fórmula 1 a
rebufo del primero, parece que no, pero finalmente entras bajo el crono.
El bajón posterior a la supra-liberación de adrenalina es increíblemente
anestésico, llegas donde tienes que llegar, y te irías a dormir. Pero no pasa
nada, he llegado a tiempo, no vayan a decir que llego tarde.
Pequeña felicidad Número 53.
Esta entrada va dedicada a mi hijo Christian, al que hoy bautizamos con
una gran fiesta rodeado de “los nuestros” (con acento italiano mafiesco por
favor).
Soy un nostálgico empedernido, me
gusta todo lo retro y recordar los buenos viejos tiempos. Soy de esos que
recuerdan los 90 con amor, todo me parecía mejor, la música, las películas, la
televisión, las personas y hasta los humores.
De vez en cuando conecto alguna de
mis consolas antiguas, menos tecnología pero más recuerdos. El pasado siempre
huele bien.
Pero si hay algo que me entusiasma
es escuchar mis viejos cd’s. Con tan sólo escuchar las primeras canciones
siento que me transporto a la edad en la que las escuché por primera vez. Tengo
una memoria fantásticamente evocadora. Puedo llegar a recordar la primera vez
que escuché un tema de Interpol, mi grupo favorito, la hora, el lugar y hasta
lo que sentí en ese momento.
Me considero un gran contador de
historias, divago y me alargo, pero disfruto contándolas.
“Recuerdo que yo tenía 14 años
cuando, estando tumbado en casa viendo una película, empezó a sonar una canción
de fondo que hizo que rápidamente prestara atención a la letra para buscarla inmediatamente
por internet, tardé un par de horas, pero cuando la encontré no pude parar de
escucharla, al día siguiente fui a la tienda de discos de siempre y pasé un mes
sin escuchar otra cosa, así fue como descubrí a los…”. Cuántas veces habré
empezado una conversación así.
Ayer me compré, por tercera vez (no
trato muy bien los discos y suelen envejecer apresuradamente a los pocos años),
el Californication, de los Red Hot Chilli Peppers. Tenía 16 años, después de un
entrenamiento de fútbol, un compañero se acercó a mí dándome un cd grabado, con
un título escrito con rotulador lleno de faltas de ortografía. “Creo que te
gustará, son los Red Hot”. Al escuchar las 3 primeras canciones sucumbí a su
melódica guitarra, recuerdo que pensé que yo también quería tocar la guitarra
así, años más tarde, el solo de “Scar Tissue”, sería lo primero que aprendí a
tocar con mi guitarra. Cuando ayer mi volví a hacer con él, pude sentir esas
mismas sensaciones, por un momento pude volver a sentir mi largo pelo, mi acné
juvenil y mis ganas por descubrir cosas nuevas. No hay mejor forma de viajar
que volver a recordar los buenos, viejos y bonitos tiempos.
Si adoro mi trabajo es por mis
clientes, por su esfuerzo, por su orgulloso camino, por su confianza y sobre
todas las cosas, por su agradecimiento.
Con ellos no me limito a decir “2
más, muy bien”. Hablamos de política, deportes, sociedad, libros, cine,
filosofía y con muchos de ellos, de cocina (es uno de los efectos colaterales
de la dieta).
GRACIAS
Además a ellos les debo nuestro
éxito, el XS Fitness Club no existiría sin ellos. Han pasado muchas caras por
mis ojos, he reído y alguna que otra vez me he emocionado con sus logros. Pero
si me quedo con algo de sus experiencias es con lo último que me dicen siempre,
“GRACIAS”.
Muy americano. Y me encanta. Los
maratones en televisión son esos especiales dedicados a una serie o a alguna
saga de cine. Recuerdo el primero que vi cuando era muy pequeño, lo anunciaron
toda una semana en Tele5, “El próximo domingo no os podéis perder el maratón de
Los caballeros del Zodíaco”. Y no, no me lo perdí, desde primera hora de la
mañana hasta las 3 de la tarde, cuando empezó el telediario. Fue una pasada. No
me levanté ni para comer ni ir al baño.
Los ha habido mejores, sí, el
maratón de Nochebuena de los Simpson, el especial de películas navideñas o de
espíritu religioso con su Marcelino pan y vino, La gran familia o La pasión de
Cristo. Otros más contemporáneos como las 3 películas de Indiana Jones, El
señor de los anillos o Harry Potter.
Los canales de televisión se nutren
profundamente de las series para rellenar amplios huecos en épocas festivas.
Televisión española tira de Cuéntame, Antena3 se apoya en Sin rastro, Tele5 en
CSI, Cuatro en House, LaSexta en The walking Dead… No acabaríamos nunca. Antena3
siempre utiliza a los Simpson para tapar sus fracasos, llegará el día que lo
emitan las 24 horas del día, y yo… tan feliz.
Qué lástima que no hagan palitos de
incienso con ese aroma. Me encanta abrir del todos las ventanas justo cuando la
lluvia para, esa mezcla de olor a asfalto mojado y tierra empapada es
embriagador.
"Nos envuelve sin verlos, los ignoramos sin sentirlos."
Todo huele diferente cuando la
lluvia queda atrás, casi que diría que todo huele más y mejor, más intenso. Los
árboles parecen dar lo mejor de si mismos, un agradecimiento por esa ducha
natural. Desde donde escribo, puedo oler fuertemente a tierra, ha llovido
apenas 30 minutos. Pero ya ha servido para mejorar el día, ya huele mejor.
Siempre han existido los momentos de inspiración, lo tuvo Newton con su
manzana, lo tuvo Mozart en su lecho de muerte con el Réquiem, lo tuvo Dickens
con su Cuento de Navidad y hasta lo tuvo Bill Gates con sus ordenadores. Se
necesita un poco de suerte y mucha atención para estar atento a esos momentos.
El talento puede llegar a pasar a segundo plano, la historia está llena de
cantantes y grupos si él que han vendido millones de discos gracias a una
conjunción de acordes y notas que casaron a la perfección en el momento
adecuado. Así, sin más, se enciende la bombilla en un momento y todo cambia
para siempre.
Luego los hay con mucho talento que son capaces de encontrar esa
inspiración y así formar fragmentos que pueden llegar hasta rincones del alma
poco pisados y explorados.
Toda buena canción posee un fragmento superior al resto, de esos que te
obligan a subir el volumen y mandar callar a cualquiera que se encuentre cerca.
El botón de rebobinar (aunque no creo que sea el nombre adecuado para un cd o
mp3) es muy amigo de estos momentos, creo que he llegado a rayar cd’s para
escuchar esos 20 o 30 segundos una y otra vez.
Es como comer el final de un helado de cucurucho con su duro chocolate
o encontrarte una aceituna en un trozo de pizza. Perfecto.
Siempre me ha encantado la radio, ya desde muy pequeño tenía un
radio-despertador de esos que te regalaban al abrir una cuenta en un banco (que
pronto empiezan a comprarnos). Me gustaba porque podías despertarte con algún
programa de noticias en lugar del típico e irritante zumbido típico de los
despertadores convencionales. Recuerdo que de noche emitían un programa de
series y “películas” radiadas, me parecía algo increíble, ya no existen tales
espacios en la radio, pero me parecía algo alucinante, os hablo de la
fantástica ecuación de un narrador, diferentes personajes, “efectos especiales
sonoros” y demás, era como volver medio siglo atrás.
Dios los quiere con ellos.
Desde ese momento siempre le he guardado cariño a la radio, he
escuchado centenares de partidos de fútbol, incluso el partido más aburrido del
mundo podía convertirse en el más emocionante. Siempre que me enteraba de
alguna noticia importante, acudía a mi transistor para escucharla. Me he
enganchado a programas de lo paranormal, de actualidad, de vivencias
personales, de música (cómo no) e incluso a un programa del sábado por la
mañana que hablaba sobre la agricultura, en éste último se informaba incluso de
si las siegas habían sido buenas o no. Pero sobre todos ellos, me quedo con
dos, La rosa de los vientos del gran y añorado Juan Antonio Cebrián, y El cine
de lo que yo te diga. Ambos se emitían a las horas de la brujas, muy tarde,
irracionalmente tarde, pero su calidad era tan excelsa que era capaz de
alimentarme a base de café con tal de llegar atento al programa y seguirlo hasta su melodía de cierre, sobre las 4 de la
madrugada.
El ser humano pierde mucha información a través de la vista, cuando
hablamos con alguien cara a cara, no captamos el 100% de la información
recibida por culpa de nuestros ojos, que se quedan con más lenguaje no verbal
que hablado. Por eso, os recomiendo que de vez en cuando, le robéis el
transistor a pilas a la abuela. Siempre ha estado ahí.
Pd: En mi Iphone, mi mejor aplicación es una radio online.
Creo que Manacor es la ciudad con más coches por habitantes de España,
y creo que juega en la primera división europea. Lo odio, no me gusta conducir
por lugares demasiado “ocupados”. Además, en un coche, todos creemos que
tenemos la razón.
“Tengo yo preferencia, que se pare él, además ese ceda el paso está
torcido, no vale.”
En carretera la cosa es un poco mejor, menos cuando alguien se empeña
en demostrar que no le importa que la gasolina esté a 1’50€ el litro, te pasan
a 180km/h a 6000 revoluciones, no puedo evitar imaginarme cómo caen monedas de
euro del tubo de escape, me encanta.
No es algo normal, pero a veces, en muy raras ocasiones, después de una
curva en plena carretera, al llegar a una recta larguísima, ves que no hay ni un
solo coche en el horizonte, todo el asfalto para mí. Nunca corro, jamás paso de
100, y en esos momentos, menos. No me invita a correr, me invita a disfrutar de
la conducción, del aire en mi cara, de mis canciones en la radio y del paisaje
traidor.
De niño solía soñar que era el único ser vivo del planeta, que podía
tumbarme en plena calle sin miedo a ser atropellado. Que un sueño se cumpla,
aunque sea en parte, ya pone las tablas con mi Juanito.
Lujo digno de otros tiempos es la siesta. Al menos en “mis otros
tiempos”. De niño observaba cómo mi padre decía siempre después de comer que se
iba a echar una siesta, no lo comprendía. Menudo desperdicio de tiempo,
pensaba. Al llegar a mi adolescencia, el sueño empezó a invadir mis tardes poco
ocupadas, de modo que siempre que podía me tomaba una siesta, pero no una
cualquiera, tenía que ser digna, de rey, de cama, manta y un par de horas.
Ahora, en pleno apogeo laboral y en mi nuevo papel de padre, las
siestas son menos, muchas menos. Pero como todo en la vida que se da con menos
frecuencia, se disfruta más. Entre semana es algo absolutamente imposible, pero
cuando algún domingo veo que todo se va alineando para que la siesta aparezca,
sucumbo placenteramente, como una dulce rendición.
He leído mucho sobre las siestas, algo que me llama la atención es eso
de que no deben durar más de 20 minutos,
qué poco saben de la vida los científicos. Mi abuelo cumplía con su siesta de
dos horas a diario, y vivió hasta bien entrados los 85 años, fumando y comiendo
lo que quiso. Decía que después de comer
era el mejor momento, ya que no le interesaban las noticias de la tele.
Einstein y Churchill (dos de mis figuras históricas predilectas) era
guerreros de la siesta, por no mencionar a uno de los míos, el Genial Camilo José
Cela decía que la siesta debía ser de “pijama, Padrenuestro y orinal”.
Adoro cantar, canto en la ducha, en
casa, por la calle andando, puede que cante hasta de dormido, pero disfruto,
sobre todo, cantando en el coche. No me importa si voy por la autopista o cerca
de un colegio de silenciosas y tranquilas monjas. Canto como si Woodstock 69 se
mudara al interior de mi coche. Interpreto, cierro los ojos, incluso puede que
el volante haga de batería improvisada pero ante todo, disfruto, como un niño
pequeño tirando piedras a botellas de cristal.
Cuando alguna vez veo a alguien en
un coche cantando no puedo evitar reírme imaginando como se me ve a mí desde
fuera, pero vaya, me da lo mismo. Cuando canto en mi coche el mundo se para,
soy invisible e inaudible. Yo soy la estrella.
Una de las cosas que más me gusta
hacer de mi vida. ¡Que se lo digan a los oídos de mi mujer!
Si veis un aspirante a Freddy Mercury en un coche absolutamente desbocado, saludad, soy yo.
A veces ni te las esperas, surgen en
el momento menos adecuado para que tengan lugar. Pueden darse en la sala de
espera del dentista, en una fiesta a la que no querías ir o en tu trabajo, con
esa persona que ves casi a diario y que pensabas que no tenía absolutamente
nada importante que contar.
Me pasó por última vez hace dos días
en el gimnasio mientras le daba una clase a un cliente. “Me han preguntado si
era feliz, y hace 4 días que no paro de analizar mi vida”. Desembocó en una
cascada de ideas, conceptos, reflexiones y análisis que daría para rellenar 20
sobremesas de café y tabaco.
Por un momento estuve a punto de
renunciar a la clase por seguir esa conversación sentados tranquilamente lejos
de oídos curiosos, sin embargo, me pareció un gran momento que no tenía que
estropear la bella improvisación de la que había nacido.
No se trata de hacer filosofía
barata, de querer aparentar ser un Punset de papel o de intentar acometer la arrogancia
más pestilente de sabiduría absoluta. Con mucha sinceridad y abriendo la mente
ante miedos y prejuicios veinte minutos de palabras parecieron poder llenar dos
tomos de la “guía de la vida”.
Eso me hizo pensar que hay más
sabiduría que la que nos pensamos, que el miedo a no recibir una respuesta
enriquecedora provoca que estas conversaciones tan siquiera se inicien. Y es
una maldita pena.
La rutina puede ser tan dulce como
el azúcar diario del café, aunque cada día se repite, no deja de ser agradable.
Sin embargo, no deja de emocionarme embarcarme en nuevos proyectos. El
horizonte de lo desconocido puede ser hermoso, o cuanto menos, nuevo. Alguna
que otra vez, de niño me juntaba con mis amigos para ir a la búsqueda de “casa
encantadas”, recorríamos grandes distancias entre los campos para dar con
ellas. Una vez llegábamos, lo que primero captaba nuestra atención era la
puerta de entrada. No sé porqué, pero siempre la encontrábamos cerrada, ya
podía hacer calor o una lluvia diluvial, que esa puerta, que delimitaba nuestro
acceso hacia lo desconocido siempre permanecía atrancada. Cuando nos
colocábamos delante de ella, a todos nos entraba la duda de qué hacer, pero ni
un solo pensaba que no fuéramos a entrar. Lo desconocido, una vez más, nos
atrapaba en su interior.
Con un nuevo proyecto a la vista, me
sucede lo mismo, no puedo negarme, la emoción de empezar algo que no sé hacia
dónde puede ir me embarga, me excita sobremanera y hace que mi cerebro funcione
al límite de su capacidad.
Esta noche a las 23h por IB3 RADIO,
tanto mi jefe, amigo y padrino de mi hijo Christian, Xisco Serra y un servidor
participaremos en un nuevo programa de radio de la mano del gran presentador y
animal tele-comunicativo Joan Monse. Me gustaría deciros sobre qué vamos a
hablar, pero los que me conocéis sabéis que no me gusta ponerle discursos a la
improvisación, así que, simplemente diré que no tengo ni idea, tendréis que
quitarle el polvo a esa mágica radio para escucharlo.
Muchas veces no sabemos dónde
podemos encontrar ayuda, vivimos en un mundo tremendamente egoísta en el que
podemos observar a diario como la gente se despelleja la una a la otra para
después ofrecer un efusivo apretón de manos como símbolo de falsa amistad.
Sin embargo, la humanidad está
necesitada de que alguien le eche una mano, no conozco a casi nadie que no
precise de una ayuda externa, y podemos hablar de lo que queráis, dinero, tiempo,
ánimos, palabras o una simple palmada en la espalda.
Me encuentro entre las personas que
reciben solicitudes de ayuda, no tengo problema, mis espaldas son anchas.
Valoro muchísimo que alguien confíe en mí y en mi capacidad. Me hace sentir
capaz, y automáticamente adquiero un compromiso vital con esa persona. Por mi
trabajo, es algo que veo casi a diario, quizás por eso esté enamorado de él. Me
permite ayudar a la gente a diario, y su gratitud es proporcional al esfuerzo
que ambos ponemos sobre el tapete.
No temáis pedir ayuda, simplemente
elegid bien el destinatario. Si confiáis en alguien, será vuestro hombro donde
apoyaros.
Os agradezco que confiéis en mí. Me
hace feliz ayudar a ser feliz. Gracias, y de nada.
El séptimo día descansó, pero quizás Dios descansó yendo a dar una
vuelta, a tomarse un cafetito intergaláctico mientras leía el primer número de “News
of the world”.
Todo sucede cuando te despiertas temprano, aunque no tengas que ir a
trabajar, no son ni las 10 de la mañana cuando ya estás harto de ver la tele y
de marcar el sofá a base de posaderas. Hace un día fantástico y casi casi que
no queda más remedio que planear algo.
No puedes ir al cine porque ahí no brilla el Sol. El cine es para días
nublados.
Decides coger el coche e irte lejos, no vale hacer un plan para acabar
en una terraza a 5 km de casa, es como cuando de niño te ibas de casa para “mudarte”
al jardín (quien lo tuviera).
Hoy nos hemos ido a Valldemossa, pueblo “chopiniano”. Precioso, lleno
de calles asimétricas llenas de poca premeditación. Paseo con mi mujer y
nuestro precioso hijo, tomamos café, miramos un par de tiendas, comemos un
dulce típico del pueblo, tomamos el Sol involuntariamente y damos rienda suelta
a la cámara del móvil (para algo útil están).
No hace falta un complicado plan para que un domingo sea distinto,
especial y mejor. Recordad siempre que la belleza de las cosas se observa mejor
en plena sencillez.