Lujo digno de otros tiempos es la siesta. Al menos en “mis otros
tiempos”. De niño observaba cómo mi padre decía siempre después de comer que se
iba a echar una siesta, no lo comprendía. Menudo desperdicio de tiempo,
pensaba. Al llegar a mi adolescencia, el sueño empezó a invadir mis tardes poco
ocupadas, de modo que siempre que podía me tomaba una siesta, pero no una
cualquiera, tenía que ser digna, de rey, de cama, manta y un par de horas.
Ahora, en pleno apogeo laboral y en mi nuevo papel de padre, las
siestas son menos, muchas menos. Pero como todo en la vida que se da con menos
frecuencia, se disfruta más. Entre semana es algo absolutamente imposible, pero
cuando algún domingo veo que todo se va alineando para que la siesta aparezca,
sucumbo placenteramente, como una dulce rendición.
He leído mucho sobre las siestas, algo que me llama la atención es eso
de que no deben durar más de 20 minutos,
qué poco saben de la vida los científicos. Mi abuelo cumplía con su siesta de
dos horas a diario, y vivió hasta bien entrados los 85 años, fumando y comiendo
lo que quiso. Decía que después de comer
era el mejor momento, ya que no le interesaban las noticias de la tele.
Einstein y Churchill (dos de mis figuras históricas predilectas) era
guerreros de la siesta, por no mencionar a uno de los míos, el Genial Camilo José
Cela decía que la siesta debía ser de “pijama, Padrenuestro y orinal”.
Ahora entiendo a mi padre.
Pequeña felicidad Número 45.
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