No hay nada como levantarse temprano
para preparar un desayuno de reyes, de esos que pediríamos en el famoso-pedante
“servicio de habitaciones” de un hotel.
Hubo un tiempo, donde me despertaba
10 minutos antes de salir a trabajar, lo justo para lavarme la cara, peinarme,
vestirme y partir. Era joven y no conocía los pequeños lujos de la vida.
Incluso os diré que de niño me acostaba vestido, y a veces hasta con los
zapatos puestos para así poder dormir hasta el último minuto antes de ir al
colegio.
Ahora me levanto como poco, una hora
y media antes de partir. Hago café, hago el desayuno y si hace frío hasta
enciendo la chimenea. Cada vez me gusta menos dormir, y lo dejo para ocasiones
especiales, como si de un derroche de tiempo se tratara.
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La paciencia y la dedicación suelen dar buenos frutos... |
Pequeña felicidad Número 8.