miércoles, 29 de febrero de 2012

#8. Desayunar con tiempo.


No hay nada como levantarse temprano para preparar un desayuno de reyes, de esos que pediríamos en el famoso-pedante “servicio de habitaciones” de un hotel.

Hubo un tiempo, donde me despertaba 10 minutos antes de salir a trabajar, lo justo para lavarme la cara, peinarme, vestirme y partir. Era joven y no conocía los pequeños lujos de la vida. Incluso os diré que de niño me acostaba vestido, y a veces hasta con los zapatos puestos para así poder dormir hasta el último minuto antes de ir al colegio.

Ahora me levanto como poco, una hora y media antes de partir. Hago café, hago el desayuno y si hace frío hasta enciendo la chimenea. Cada vez me gusta menos dormir, y lo dejo para ocasiones especiales, como si de un derroche de tiempo se tratara.

La paciencia y la dedicación suelen dar buenos frutos...

Pequeña felicidad Número 8.

martes, 28 de febrero de 2012

# 7. Un café en el momento justo.


Hay cosas que no nos gustan de pequeños. No nos gustan las siestas, levantarnos tarde, el queso, las verduras o el pescado es algo que no van con nosotros a nuestros tiernos 7 añitos, por ejemplo.

Nos hacemos un poco mayores y nos damos de lleno con la etapa más idiotesca de nuestras vidas, la pubertad. Aquí hay cosas que siguen sin gustarnos, pero que probamos, y no, no nos gustan la primera vez. La cerveza, el tabaco, el licor… y el café. El café, por alguna extraña razón, no nos gusta hasta que pasamos los 20.

Ahora bien, después no hay vuelta atrás, el café forma parte de nuestras vidas, creo que puedo asegurar que hace años que bebo al menos un café al día, pero no sé si puedo decir lo mismo de algo tan básico como un vaso de agua. Seguro que algún día no bebí agua sola.

Poder tomar un café en el momento justo es, simplemente, un lujo. Si la taza de café costar 1000€ sería el brebaje de la jet-set. La bebida prohibida que movería mercados negros alrededor del mundo. Habría guerras por el café.

Por suerte, la vida está llena de lujos baratos. Sólo hay una cosa mejor, y es la celestial frase que de vez en cuando te ofrece un “¿Un cafelito Joan?”… y como yo siempre digo: “Siempre tengo tiempo para un café.”

"El café ideal es negro como el diablo, caliente como el infierno, puro como un ángel y suave como el amor." 


Pequeña felicidad Número 7.

lunes, 27 de febrero de 2012

#6. El primer día del año que puedes bajar la ventanilla del coche.


Hace poco ir desde el portal de casa al coche era poco menos que una hazaña, pero hoy, me he dado cuenta de que un trozo de primavera se ha dejado caer sobre terreno invernal.

De repente no tienes que encender la chimenea, preparas el desayuno sin tiritera y el café no se enfría en 15 minutos. Todo es diferente, y me atrevo a decir que es mejor.

Coges el coche para ir a trabajar, haces lo que llevas haciendo desde hace muchos meses, pones la calefacción a tope. No hace mucho tenía una botella de agua preparada para quitar el hielo de las lunas. Hoy no. Cuando llevas 200 metros con el coche te das cuenta de que la calefacción sobra, hasta la ventanilla sobra. De hecho sobra el coche y sobra tener que ir a trabajar, es un día para pasear, oler, sentir y disfrutar.

Bajas la ventanilla por primera vez en meses, hasta chirría, como el ataúd del Conde Drácula. Sacas al brazo, el aire no congela el vello del antebrazo. Puedes dejarlo ahí, hoy sí.

No sabes si mañana vendrá una ola de frío ártico. No sabes si mañana estarás enfermo. No sabes si mañana se te va a estropear el coche. Hoy es el mejor día de tu vida. Hoy puedes bajar la ventanilla y notar el mundo. Hoy sí.

Una flor no hace primavera, pero sigue siendo una flor.

Pequeña felicidad Número 6.

domingo, 26 de febrero de 2012

#5. Los domingos por la tarde.


Es el verdadero momento de descanso de la semana. El sábado trabajo, tengo la agenda colmada hasta las 2 del mediodía, como suelo decir, “el sábado no cuenta”.

Pero los domingos… Los domingos son otra cosa. Te levantas cuando quieres, o cuando te dejan. Pasas la mañana entre pijamas y bostezos. Comes guisos maternales y contemplas la sobremesa con el placer de un tertuliano despreocupado.

Pero llega la tarde, y la cosa se pone mejor. Esa franja horaria se la queda el hogar. Es el único momento de la semana donde una partida de cartas o el parchís se convierten en un plan apetecible. Cambias zapatos por babuchas y no te pones el pijama “porsi” viene alguien de repente. La pereza se convierte confort, y casi no te das cuenta que en pocas horas empezará la semana laboral de nuevo. No importa, porque cuando uno descansa de verdad, el reloj se convierte en un mero invento.

Domingo y soleado. Despedida semanal.

Pequeña felicidad Número 5.

sábado, 25 de febrero de 2012

#4. Ver a mi hijo durmiendo.


Hipnotizador. Como un perro mirando el fuego de una chimenea, destinado a dormirse.

Creo que es lo más cerca que puedo llegar a encontrarme de la meditación. Verlo sumido, Dios sabe, en qué historias y aventuras me atrapa en un estado de súbita relajación. Podría pasar horas así.

Me gusta pensar que se duerme con la tranquilidad que se supone debe dormir un soldado tras declararse la paz. Sin miedo, con seguridad.

Representa la libertad de la inocencia. No tiene que levantarse para estudiar, trabajar o cumplir con obligaciones propias de un adulto. Simplemente se despertará cuando ya no quiera dormir más. Libre, como un ave.

Hubo un momento donde todos fuimos así. A eso lo llamo yo añoranza.

"Yo he vivido porque he soñado mucho"  -Amado Nervo  


Pequeña felicidad Número 4.

viernes, 24 de febrero de 2012

#3. Encontrarte todos los semáforos en verde.


Sales tarde de casa hacia el trabajo. Corres. Te metes en el coche con un sorbo de café caliente aún en la boca. Te has dejado la cartera, maldita sea. Sales, quieres abrir la puerta de casa y te has dejado las llaves en el coche, vuelves a él, coges las llaves, te metes en casa y no encuentras la cartera. Sucesos paranormales. Al final la ves donde la dejaste. Memoria paranormal. Sales pitando, te metes en el coche, das el contacto y te dispones a salir. “¿He cerrado con llave?”. Por un momento sopesas la idea de marcharte dejando la puerta abierta dispuesta para que los chorizos se ganen el pan. No, la conciencia te puede, bajas para comprobar que efectivamente, habías hecho los deberes y la casa estaba cerrada. Fantástico. Ya puedes salir, con el corazón en la tráquea y 5 minutos menos.

Pero no todo son espinas en un rosal. Primer semáforo, verde. No vas rápido, porque hay crisis. La gasolina es cara y las multas prohibitivas. Quieres coger un atajo pero cuando ya estás en él te acuerdas de que 2 semáforos esperan como el día de tu cumpleaños, inevitables. Pero hoy es tu día, ambos en verde, verde clorofílico. Vas lanzado amigo. Llegarás a tiempo, pero falta un último escollo, un semáforo enorme, parece un árbol de navidad. Conoces un camino alternativo, pero te seduce la idea de ver si haces un pleno, un strike, un golazo o un re-póker en toda regla. Enfilas la calle y lo ves al fondo, más rojo que un déficit. Te recorre un sudor frío, piensas: “eso me pasa por chulo”. Sorpresa, cuando faltan 20 metros pasa a verde, verde como la bandera de la playa que invita a bañarte con tu hijo pequeño sin miedo. “Pasa, hoy invito yo, no preguntes.”

Cuatro de cuatro. Puntual al trabajo. Nadie más en el paro… por unos minutos.

Esta misma mañana, todo Verde. Buenos días.


Pequeña felicidad Número 3.

jueves, 23 de febrero de 2012

#2. Afeitarse y no hacerse un solo corte.


De pequeño ansias afeitarte, tener barba, ser como tu padre. A la mínima que observas una ligera pelusa sobre el labio corres a pedir consejo paternal sobre el afeitado. Te hace ganas pero da hasta miedo. Tu padre te mira riendo, tu madre se enfada sintiendo una mezcla de preocupación y tristeza pre-adultez-independiente. Ese afeitado es inocente, virginal e inofensivo. Casi no haría falta ni cuchilla, pero ya ha empezado la rueda.

Ahora, con 27 años, afeitarse es un suplicio, lo odio. No me gusta porque siempre me acabo cortando, aunque vaya con mucho cuidado, de entre los restos de espuma aparece imberbe un lunar rojo, es como una tarjeta amarilla cuando no has lanzada ninguna coz.

Pero alguna que otra vez, los planetas del Sistema Solar se alienan perfectamente, los vientos soplan en orquesta afinada y los santos se aplican. Te afeitas sin especial esmero, de repente la cuchilla flota, ni la notas en la cara, en 2 minutos perfectos. Te retiras la espuma con agua y nada, ni un herido en el campo de batalla. Dan ganas de encender una traca. El papel de wáter no sufrirá daños para parchear rostros. Todos felices.



Pequeña felicidad Número 2.

miércoles, 22 de febrero de 2012

# 1. Despertarse y descubrir que aún puedes dormir una hora más.

Estamos tan calentitos en la cama, de repente sin motivo aparente nos despertamos, abrimos un ojo furtivamente, miramos hacia la ventana para imaginar qué hora es. Sopesamos la idea de volvernos a dormir sin saber lo que queda para que suene el despertador, nos aterra mirarlo y que falten 2 minutos para su maldito pitido matinal. Pero no podemos evitarlo, no vaya a ser que nos durmamos y a los 10 segundos se ponga a gritar.

Sin embargo, nuestra curiosidad, más fuerte siempre que cualquier otro pensamiento más racional nos hace mirar la hora. ¡Fantástico! Falta una hora para levantarse. Que sí, que dicen que es mejor levantarse, que después nos levantaríamos más cansados. Claro que también dicen que las mejores siestas son las de 20 minutos, los científicos no conocen la siesta de cama y pijama de 4 horas.

A lo que íbamos, una hora es perfecto. Nos da tiempo a dormirnos, soñar, llegar a Saturno y volver. No es como la odiosa sensación de despertarse un minuto antes de que el despertador irrumpa donde Morfeo reina placenteramente, hace que el día sea un poquito peor.

Pequeña felicidad Número 1.